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jueves, 19 de febrero de 2015

¿Tenemos que temer a la muerte?

Hace unos meses me tropecé con una persona desazonada, angustiada y aterrada, lo pude observar en su mirada y en la falta de aliento de sus palabras. A su padre le habían detectado cáncer terminal y ella había decidido no explicárselo por miedo a la reacción que él pudiera tener. No quería que sus últimos meses de vida los pasara angustiado, o eso es lo que ella creía que iba a suceder... Desde ese encuentro casual, no he dejado de darle vueltas a este asunto y ha ocasionado que me sumerja en lecturas de temática sobre la vida y la muerte, de las cuales he aprendido infinidad de cosas. 

Hoy, puedo decir, que el pavor que me transmitió aquella mujer no provenía por temor a que su padre no respondiera bien ante tal noticia. Se trataba de ella misma, de no poder aceptar que nuestra existencia deba terminar y al mismo tiempo, sin que ella fuera consciente, estaba renunciando a lo más valioso: ser compasiva, comprensiva y benevolente con su padre hasta su última exhalación. No era la primera vez que escuchaba que a algún moribundo (alguien que está cercano a la muerte) se le negaba dicha información, pero ¿quiénes somos nosotros para ocultarles algo que tiene que ver con su propia vida? ¿A caso no merecemos intentar aceptar la realidad, por muy difícil que pueda resultar? ¿A quién estamos engañando verdaderamente?Hace más de 5 años, perdí a mi segunda madre (es lo que siempre decía desde que era bien niña). Recuerdo el día que me dijeron que ella tenía cáncer, no me lo podía creer, mis ojos se inundaron de lágrimas y mis piernas se paralizaron pese a que mi único deseo era correr en dirección contraria a aquella realidad. Tan solo habían pasado unos pocos meses desde que falleciera mi abuela, también de cáncer y justamente fue mi tía quien cuidó de ella hasta su último aliento. Pero ahora llegaba su turno, un cáncer que había invadido gran parte de su cuerpo. No lo podía admitir, ¿por qué ella? ¿por qué el mundo era tan injusto?

Hoy puedo entender que aquella negación, de alguna manera era una forma de defensa, una forma normal y sana de enfrentarse a una noticia como aquella. Pero más tarde empecé a sentir rabia y empecé a culpar a Dios (en el cual había dejado de creer hacía tiempo), de todo lo que estaba sucediendo. Ver a mi madre llorar día tras día me rompía el corazón, pero lo que más rabia e impotencia me hacia sentir era observar como el cuerpo de mi tía iba menguando, sus brazos cada vez eran más delgados... señal de que algo no iba bien. Las esperanzas eran cada vez menores, así que tenía que buscar un culpable para poder quitarme un poco de peso de mi fatigosa espalda.

Al cabo de unos meses, cuando por fin acepté que ya no había vuelta atrás, que la muerte se aproximaba y tan sólo sería cuestión de meses, empecé a hacer pactos con Dios (en el cual continuaba sin creer), pero nada daba resultado. Le pedía que la dejara vivir hasta septiembre, que sería cuando naciera su primer nieto y éste, era el último deseo de mi querida tía. Cuando contemplé que aquellas promesas no servirían para nada comprendí que lo único que podía hacer era aceptar la vida tal y como se presentaba ¿qué otra alternativa tenía? y ésta aceptación, me llevó a tratar con sinceridad, cercanía y paz a mi familiar. Serena y calmada pude contemplar que realmente hace falta mucho valor para escuchar cuáles son los últimos deseos de un moribundo y conocer cuáles son sus miedos, porque de alguna manera te expones a los tuyos propios. Cuando la miraba, pensaba que ella nos estaba enseñando algo a los demás, una lección de valentía, de coraje y de aceptación, hasta convertirse en una auténtica maestra para mí y para muchos de sus seres queridos. Y nosotros, con mucho amor y comprensión le ayudamos a vivir hasta su último día, haciendo que pudiera salir de esa depresión silenciosa... dejando que sintiera aflicción, o simplemente entregándole mucho cariño. Si algo tenía claro era que ella necesitaba descansar antes de su largo viaje y éste era el único camino. 

La muerte forma parte de la vida y de hecho, es la parte más importante de nuestra existencia, puesto que moriremos tal y como hemos vivido. Pero a pesar de ello, cada día nos esforzamos por evitar aceptar esta realidad, evitando hablar del tema, eludiendo nuestros miedos o esquivando nuestras inquietudes, sin intentar buscar un significado o sentido al inevitable final. Nada está garantizado en esta vida, todos y cada uno de nosotros nos vamos a enfrentar a dificultades y ésta, es la única manera de aprender. De alguna manera, creo que la muerte nos enseña lo único verdaderamente importante: el amor ¿A caso existe algo más valioso?

Después de reflexionar, supongo que el verdadero problema de la mayoría de los habitantes de Occidente, es que no tenemos una auténtica definición de la muerte y por lo tanto, nada en lo que creer o nada en lo que reflexionar. Pero nada ni nadie nos puede librar de este enfrentamiento, nadie puede evitar que nos encaremos con la muerte, así que, ¿de qué nos sirve negarla? Intuyo que la muerte es una experiencia similar al nacimiento, puesto que cada una de ellas implican el inicio de un viaje. A pesar de que todavía no entendamos muchas cosas, eso no significa que no existan, ni mucho menos supone que tengamos que temerlas. 

Sin duda alguna y a pesar del inevitable dolor que sentí, puedo decir que aprendí de una verdadera maestra, alguien a quien no le importó abrirnos su corazón de una manera sincera en sus últimos meses de vida, alguien a quien no le importó esclarecer de qué manera le gustaría morir, alguien a quien no le importó compartir sus emociones... Y todo ello fue posible a que todos estábamos deseosos de arroparla, mostrándonos comprensivos y aceptando lo que iba a suceder. 

Atardecer en Turkana, Kenya.
En cada atardecer, en cada flor, en cada sonrisa de sus nietos... hay una ínfima parte de ella que me hace sentirla y tenerla presente día tras día. Y en estos momentos es cuando le agradezco el haber amado tan generosamente a toda su familia, el haber sido tan clara, tan transparente y el habernos dado a todos una lección de valentía. Y con esto quiero transmitir que morir no es algo que haya que temer, sino que aceptar. La muerte tan sólo es una transición que ocurre con mucho amor y no olvidemos que con amor todo es soportable...


Marta García, Psicóloga y psicoterapeuta.
 

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